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Argentina: cuando la política se desconecta, la sociedad se rompe

Argentina no está atravesando solamente una crisis económica. Está atravesando algo más profundo y más peligroso: una crisis de representación. A meses de las elecciones generales, lo que se respira en la calle no es expectativa. Es descreimiento.

La gente ya no discute ideología. Discute si llega a fin de mes. Discute si puede sostener su trabajo. Discute si el esfuerzo todavía vale la pena.

Y en ese escenario, la política —en gran parte— dejó de representar y empezó a administrar su propia supervivencia. La caída del mercado interno: síntoma de un modelo sin gente. El derrumbe del mercado interno no es un dato técnico. Es un termómetro social. Cuando el consumo cae, lo que está cayendo no es solo la actividad económica: es la capacidad de vivir con dignidad.

Hoy vemos:

  • Comercios que cierran o venden por debajo de su punto de equilibrio
  • Pymes asfixiadas sin acceso real al crédito
  • Trabajadores formales e informales perdiendo poder adquisitivo mes a mes
  • Familias que reducen consumo básico, no por elección, sino por necesidad

Esto no es ajuste. Esto es retracción estructural. Y lo más grave: no hay un esquema claro de reactivación del mercado interno. Porque se sigue pensando la economía desde el equilibrio fiscal, pero no desde el desarrollo humano.

Sin consumo, no hay producción. Sin producción, no hay empleo. Sin empleo, no hay país posible. La política se volvió comercial y perdió su esencia. La política argentina está atravesando una transformación silenciosa pero profunda: dejó de ser una herramienta de representación para convertirse en una lógica de mercado.

Hoy vemos:

  • Dirigentes que hablan en función de encuestas, no de convicciones
  • Espacios políticos que se construyen como marcas, no como proyectos
  • Decisiones que priorizan posicionamiento antes que soluciones
  • Se negocian lugares, se negocian discursos, se negocian alianzas.

Pero lo que no se está negociando es lo más importante: el futuro de la gente.

La política perdió su raíz en los principios democráticos y humanos. Y cuando eso ocurre, lo que queda es vacío. Un vacío que la sociedad percibe, y por eso se aleja.

Migración, trabajo y exclusión: lo que no se quiere ver. Hay una Argentina que no está en el centro del debate. Una Argentina que trabaja, produce y sostiene sectores enteros de la economía: la de los migrantes. Hoy, miles de migrantes —en especial de la comunidad paraguaya— sostienen actividades clave como la construcción, el trabajo doméstico, la producción hortícola y servicios esenciales. Pero lo hacen en condiciones de:

  • Alta informalidad
  • Baja protección social
  • Escasa representación institucional
  • No están integrados.

Están funcionalmente absorbidos. Y esto no es un problema sectorial, es un problema estructural. Porque un país que crece dejando afuera a una parte de su población no crece: se fragmenta.

Las elecciones no pueden ser un trámite más del calendario político. Tienen que ser un punto de inflexión. Pero para que eso ocurra, hay que decir algo incómodo: la dirigencia política tiene que cambiar antes que la sociedad vuelva a confiar. No alcanza con prometer. No alcanza con criticar. No alcanza con oponerse.

Se necesita: Un modelo de desarrollo claro, Equipos técnicos con capacidad real de ejecución, Una agenda centrada en producción, trabajo y orden institucional. Y sobre todo, una ética política que vuelva a poner a la persona en el centro.

La sociedad ya no está esperando discursos. Está evaluando resultados. Y si la política no entiende esto, va a quedar definitivamente desconectada de la realidad. No se puede seguir gobernando desde la especulación. No se puede seguir haciendo política para adentro. Porque mientras se discuten lugares, la gente pierde calidad de vida todos los días.

A la sociedad también hay que decirle la verdad: no alcanza con criticar desde afuera. Si queremos cambiar la política, hay que involucrarse, participar, exigir y construir. La democracia no se defiende sola. Se sostiene con ciudadanía activa.

Yo represento una forma distinta de hacer política. Una política que articula lo público y lo privado. Que trabaja con la comunidad, no sobre la comunidad. Que entiende que el desarrollo no es un discurso, es una ejecución concreta.

Y que tiene claro algo fundamental: sin orden, sin producción y sin inclusión, no hay futuro posible. Argentina todavía tiene una oportunidad. Pero no es infinita.

O la política vuelve a conectarse con la gente o la gente va a terminar construyendo por fuera de la política. Y ese es un escenario que ningún país resiste. El momento es ahora. Y la responsabilidad es de todos.

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